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LECTURAS...

28/11/2011

DON DE CURACIÓN

...Con los siete anillos de Poder recibimos el Don de los perfectos guerreros, perfiladores del Bien en la Nueva Humanidad. Rompí definitivamente con mi pasado, cuando corté el cordón umbilical de Moisés con un cuchillito de untar mantequilla y lo envolví con una tira de lino blanco. Ungí sobre su vientre mi sagrada saliva para sellar la Voluntad Cósmica del Perfecto Ser; así combatí el crimen de la ciencia para que su veneno no mancille el cuerpo celeste del primogénito del Poder. Tampoco sus ojos fueron cegados por gotas químicas, sellé la Luz en ellos, cuando los mojé con mi saliva. El bebé profeta sonreía consciente de mi amor. La aureola Crística brillaba en torno a él, con la intensidad de mil soles.

Moises Bowe

Moisés con su hermanita Ava Chanel

Envolví la placenta de Moisés en hojas y la enterré en las entrañas de la madre tierra, para que ella supiera que había nacido un hijo bajo las condiciones de su Ley, y para que el cosmos, Dios, o el Padre, o el Absoluto, tenga en quien complacerse. La placenta es el cáliz que nutrió la vida entera de mi hijo. Es el vehículo energético que a través de la tierra multiplicará el pan. Ella guiará sus pasos de hombre, para que camine con el Bien asegurado bajo sus brazos. Ella sabe que el hombre nacido del Poder, es el único Ser que beberá de sus bondades. Ser de Luz, que alumbrará las praderas del infinito, centelleando el Yo Consciente.

Al séptimo día, le llevamos a una quebrada de aguas cristalinas para, en nombre del Poder Altísimo, sumergirle en el elemento purificador y, poner el mundo a sus pies. Al hijo del Poder, la tierra le enseña a caminar sobre sus prados, con la cabeza erguida hacia el Principio de la Creación. Los frutos de la tierra sacian el hambre de su cuerpo y la Energía Sagrada sacia el hambre de su alma.

Todo este tiempo nos habíamos quedado sin hablar. Estuvimos elevados a una esfera donde no había palabras, ni necesitad de ellas. Carol no se recordaba de los nombres de las cosas, ni de mi nombre, ni del nombre de su hijo. Todo había cambiado. Solo existía una esfera diáfana, transparente donde todo era infinitamente claro. Cuando yo no estaba, Carol no podía decir cómo se llamaba una cosa, un clavo por ejemplo. Regresaba yo, sabía de pronto que era un clavo. Cuando me fui de nuevo, no podía decir qué era.

Ella estaba envuelta por las líneas brillantes de la sanación que, desde el mismo momento del nacimiento, la traversaron, la enseñaron. Había recibido el don de la curación que se manifestaba a través de sus manos. Curaba a su hijo recién nacido, a su hermano y a mí.

Extracto de "LA DECADENCIA PERPETUAL DE LOS SIMIOS - EL EVANGELIO DE LA ILUMINACIÓN" por Gilbert Bowé

 

 

 

 

 

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